Por: José Mauricio Gaona Bejarano *
Una persona que en algún momento de su vida pensó que las armas eran la solución de los problemas ya muestra algo en su carácter. Yo no creo que él (presidente Gustavo Petro) tenga la estatura moral, constitucional e institucional que se le asigna, creo que el lugar que le corresponde es el que le entregará la historia: el de la infamia.
Cuando se hizo el diseño arquitectónico y constitucional de las democracias alrededor del mundo, eso lo hicieron hombres honorables. Existía una forma, una necesidad, una lucha y una idea de libertad que invoca precisamente esos momentos.
Afortunadamente, en el mundo de hoy todavía hay líderes honorables. Porque de lo contrario, esto se hubiera acabado. Es muy fácil identificarlos: cuando un líder es una persona honorable, lo que se ve es desarrollo; cuando no lo es, lo que se ve es pobreza, crisis y la obsesión de ese líder por quedarse en el poder, por el poder mismo.
En ese contexto histórico, quiero dejarle una enseñanza que le dejó George Washington a la nación que terminó siendo la más poderosa y rica del mundo, no porque los líderes que le siguieron fueran igual de buenos, sino porque lo que él hizo fue tan grande que incluso logró blindar la nación contra líderes que no iban a llegar a su estatura constitucional.
En 1781 ocurre la batalla de Yorktown, cerca de Nueva York. Esa es la batalla más importante y definitiva de la Revolución Americana para sacar al Imperio Británico. ¿Por qué es significativa? Porque el ejército americano era un ejército de provincianos; muchos utilizaban palos, otros escopetas y otros espadas. El ejército estaba casi sin recursos y se enfrentaba a la última armada británica que entraba por el lado de Nueva York. Si la armada británica tenía éxito, se acababa la revolución.
Pero George Washington logró inspirar a la gente más pobre de la Unión. Incluso convocó a esclavos a luchar cuando no tenían libertad, bajo la promesa de libertad, y vencieron a la armada británica. Tengan en cuenta que hablábamos del imperio más grande de la tierra en ese momento.
Al vencerlo, el prestigio de Washington fue tal que en la historia hay pocos niveles de prestigio comparables, quizá con Alejandro Magno. Y en medio de ese prestigio, los Estados Unidos quedaron en una situación financiera tremenda; los soldados dejaron de recibir dinero y empezaron a molestarse. Uno de ellos, el coronel Lewis, le mandó una carta famosa en la historia constitucional de Estados Unidos y le propuso que varios coroneles querían que asumiera como dictador, como general, que fuera el rey George Washington primero de América. Era la única forma de evitar divisiones en el Congreso y conservar la unidad.
Luego, en 1783, después del tratado en el que los británicos reconocen la independencia americana, George Washington llega a Maryland, donde está el Congreso. Ese fue un punto de inflexión en la historia de esa nación para siempre. Llega con todo su ejército y los congresistas adentro están asustados, pensando que viene a decir: “yo tomo el poder, yo soy el dictador”.
Aquí hay una diferencia muy grande. George Washington sí se había ganado ese lugar en la historia, porque le había entregado la libertad a los americanos. Y entró a ese recinto, y cuando los congresistas se pusieron de pie, les dijo: “Siéntense, que soy yo el que se tiene que arrodillar”. Fue a entregar su espada. Les entregó la libertad. He cumplido. Les pido que, a partir de ahora, los destinos de esta nación sean regidos por las leyes, por una Constitución y no por los hombres.
Y la última enseñanza de la razón por la cual él se fue y se retiró a su finca es que ese momento fue tan fuerte en la historia de los americanos que hasta hay libros completos y un cuadro que puede verse en Maryland. A los congresistas se les salieron las lágrimas, porque el acto de él fue de humildad. Era el hombre más poderoso del hemisferio, tenía toda la lealtad del ejército y de la nación. No había ningún congresista que le llegara a los tobillos. ¿Y qué hizo él? Cuando tenía todo el poder, lo entregó. Esa es la persona que yo le invitaría a admirar, no al que está luchando cuando no lo tiene, ni moralmente se lo merece para conservarlo. Esa es una diferencia de verdad.
Y mi última frase es la de John Adams, que quedó retratada en la Constitución de Massachusetts de 1780, y ese es mi deseo para Colombia y toda América Latina: “Un gobierno de leyes, no un gobierno de hombres”.
* Constitucionalista, investigador, profesor universitario y analista de opinión pública.
@JMauricioGaona
Cuando se hizo el diseño arquitectónico y constitucional de las democracias alrededor del mundo, eso lo hicieron hombres honorables. Existía una forma, una necesidad, una lucha y una idea de libertad que invoca precisamente esos momentos.
Afortunadamente, en el mundo de hoy todavía hay líderes honorables. Porque de lo contrario, esto se hubiera acabado. Es muy fácil identificarlos: cuando un líder es una persona honorable, lo que se ve es desarrollo; cuando no lo es, lo que se ve es pobreza, crisis y la obsesión de ese líder por quedarse en el poder, por el poder mismo.
En ese contexto histórico, quiero dejarle una enseñanza que le dejó George Washington a la nación que terminó siendo la más poderosa y rica del mundo, no porque los líderes que le siguieron fueran igual de buenos, sino porque lo que él hizo fue tan grande que incluso logró blindar la nación contra líderes que no iban a llegar a su estatura constitucional.
En 1781 ocurre la batalla de Yorktown, cerca de Nueva York. Esa es la batalla más importante y definitiva de la Revolución Americana para sacar al Imperio Británico. ¿Por qué es significativa? Porque el ejército americano era un ejército de provincianos; muchos utilizaban palos, otros escopetas y otros espadas. El ejército estaba casi sin recursos y se enfrentaba a la última armada británica que entraba por el lado de Nueva York. Si la armada británica tenía éxito, se acababa la revolución.
Pero George Washington logró inspirar a la gente más pobre de la Unión. Incluso convocó a esclavos a luchar cuando no tenían libertad, bajo la promesa de libertad, y vencieron a la armada británica. Tengan en cuenta que hablábamos del imperio más grande de la tierra en ese momento.
Al vencerlo, el prestigio de Washington fue tal que en la historia hay pocos niveles de prestigio comparables, quizá con Alejandro Magno. Y en medio de ese prestigio, los Estados Unidos quedaron en una situación financiera tremenda; los soldados dejaron de recibir dinero y empezaron a molestarse. Uno de ellos, el coronel Lewis, le mandó una carta famosa en la historia constitucional de Estados Unidos y le propuso que varios coroneles querían que asumiera como dictador, como general, que fuera el rey George Washington primero de América. Era la única forma de evitar divisiones en el Congreso y conservar la unidad.
Luego, en 1783, después del tratado en el que los británicos reconocen la independencia americana, George Washington llega a Maryland, donde está el Congreso. Ese fue un punto de inflexión en la historia de esa nación para siempre. Llega con todo su ejército y los congresistas adentro están asustados, pensando que viene a decir: “yo tomo el poder, yo soy el dictador”.
Aquí hay una diferencia muy grande. George Washington sí se había ganado ese lugar en la historia, porque le había entregado la libertad a los americanos. Y entró a ese recinto, y cuando los congresistas se pusieron de pie, les dijo: “Siéntense, que soy yo el que se tiene que arrodillar”. Fue a entregar su espada. Les entregó la libertad. He cumplido. Les pido que, a partir de ahora, los destinos de esta nación sean regidos por las leyes, por una Constitución y no por los hombres.
Y la última enseñanza de la razón por la cual él se fue y se retiró a su finca es que ese momento fue tan fuerte en la historia de los americanos que hasta hay libros completos y un cuadro que puede verse en Maryland. A los congresistas se les salieron las lágrimas, porque el acto de él fue de humildad. Era el hombre más poderoso del hemisferio, tenía toda la lealtad del ejército y de la nación. No había ningún congresista que le llegara a los tobillos. ¿Y qué hizo él? Cuando tenía todo el poder, lo entregó. Esa es la persona que yo le invitaría a admirar, no al que está luchando cuando no lo tiene, ni moralmente se lo merece para conservarlo. Esa es una diferencia de verdad.
Y mi última frase es la de John Adams, que quedó retratada en la Constitución de Massachusetts de 1780, y ese es mi deseo para Colombia y toda América Latina: “Un gobierno de leyes, no un gobierno de hombres”.
* Constitucionalista, investigador, profesor universitario y analista de opinión pública.
@JMauricioGaona


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