Por: José Velásquez
La polarización política ha dejado de ser un simple debate de ideas para convertirse en una barrera invisible que divide la sociedad, fracturando lazos familiares, amistades y comunidades. Hoy, las posturas moderadas pierden peso frente a posiciones extremas que transforman la política en una confrontación de "nosotros contra ellos". Este fenómeno no solo afecta a los líderes en el Congreso; impacta directamente la forma en que convivimos en la cotidianidad.
La polarización se manifiesta en dos dimensiones: la ideológica, que divide las opiniones sobre economía o derechos, y la afectiva, que genera un rechazo visceral hacia quien piensa diferente. En Colombia, esta situación ha alcanzado niveles críticos, ubicando al país en los primeros puestos de los ránkings de fragmentación social debido a factores históricos y digitales.
Los motores de la división en Colombia
- Campañas basadas en el miedo: Los discursos electorales actuales se centran en atacar la identidad del rival en lugar de proponer soluciones técnicas viables.
- El algoritmo de la indignación: Las redes sociales premian el contenido conflictivo, encerrando a los usuarios en burbujas que refuerzan sus propios sesgos.
- El debate de la seguridad: La delincuencia urbana y el control territorial dividen al país entre enfoques de mano dura y propuestas de justicia social.
- Fractura en el hogar: Cuatro de cada diez colombianos afirman que la política ha dañado las relaciones con sus familiares y amigos más cercanos.
Cuando la polarización domina, las instituciones se paralizan. El mayor peligro actual es la pérdida de confianza en el sistema democrático y la incapacidad de lograr consensos para reformas urgentes en salud, empleo y pensiones. Superar este escenario requiere apagar el ruido de las redes, activar la empatía y entender que el que piensa diferente no es un enemigo, sino un compatriota con otra perspectiva.
En Colombia el tema es mucho más complejo de superar, pues parte de la polarización es generada por la animadversión hacia los grupos armados y partidos políticos de izquierdas que tienen unas posiciones laxas frente al terrorismo, el narcotráfico y delincuencia común.
En la otra orilla, una población cansada de esos fenómenos generadores de violencia que reclama una posición fuerte del estado en aplicación de la ley y el control del orden público.
Y en ese distanciamiento de posiciones frente a asuntos políticos, los extremos están ganando terreno, con el 85% del electorado y el espectro centro ha disminuido a cerca del 12% en esta última elección presidencial.
El superar los fenómenos de violencia armada y un mayor control territorial del Estado, permitiría a futuro una mayor atención para resolver asuntos sociales, de infraestructura e inversión que requiere el país para su progreso. Asunto que no tiene un final cercano, ya que Colombia como uno de los mayores productores de cocaína del mundo, tiene una fuente inmensa de combustible generador de violencia y de grupos armados ilegales.
El narcotráfico se posiciona como el mayor factor debilitador de la seguridad nacional y el sistema democrático, un problema apremiante que urge solucionar y necesariamente debe ser un derrotero político común para los colombianos.



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