Por: José Velásquez
Ante la instalación del nuevo Congreso, el tablero de la presidencia del Senado ya tiene un favorito claro: Alfredo Deluque Zuleta, senador guajiro del Partido de la U. Es la ficha escogida por el gobierno entrante de Abelardo de la Espriella, con quien Deluque comparte una relación que se remonta a la universidad y una cercanía con su principal estratega, Carlos Suárez. La votación está fijada para el 20 de julio, pero el resultado ya se lee casi cantado.
Lo llamativo no es solo que Deluque tenga el respaldo presidencial, sino la velocidad y amplitud con la que armó su coalición. El Partido de la U anunció que su propia bancada decidió por unanimidad respaldarlo, y a ese respaldo inicial se sumaron, en cuestión de horas, el Partido Conservador y Cambio Radical. El propio Deluque salió a defender su candidatura ante las críticas del uribismo, señalando que cuenta con el aval de la mayoría de los partidos.
La lista de apoyos formales, según ha ido confirmándose, incluye al Partido Conservador, Cambio Radical, Alianza Verde, En Marcha, ASI y AICO. Este viernes se formalizó además el respaldo de la coalición verde: Alianza Verde, En Marcha y AICO comunicaron que, por decisión mayoritaria de sus senadores, respaldarán la candidatura de Deluque, lo que termina de blindarle los números.
Del otro lado queda un bloque cada vez más aislado: Deluque no cuenta con el apoyo del Centro Democrático ni del Pacto Histórico, que insisten en la candidatura de Honorio Henríquez. La molestia del uribismo no es menor: el propio Álvaro Uribe cuestionó públicamente la idoneidad de Deluque, y desde el Centro Democrático se ha insistido en que su respaldo al nuevo gobierno es "por coincidencia de principios", sin que eso implique negociación de puestos ni pérdida de autonomía frente al Ejecutivo.
Aquí está el punto que más debería inquietar a quienes miran esto con ojo de gobernabilidad: la coalición que hoy lleva a Deluque a la presidencia del Senado no es una mayoría ideológica ni programática. Es una alianza de conveniencia que reúne, en la misma fila, a Cambio Radical y al Partido Conservador —tradicionalmente más afines a agendas de derecha o de centro-derecha— con Alianza Verde, En Marcha y AICO, colectividades que en el Congreso saliente se movieron con frecuencia en la orilla progresista o, cuando menos, distante del petrismo pero también del uribismo duro.
Ese tipo de coalición "de mesa directiva" (armada para ganar una votación puntual y repartir posiciones) tiende a funcionar bien el primer día y a resquebrajarse en el primer proyecto de ley controvertido. La pregunta que debería hacerse cualquier lectura seria de este momento no es si Deluque gana el 20 de julio (todo Indica que sí), sino qué tan sólida es esa mayoría cuando llegue el momento de tramitar las reformas que De la Espriella necesita sacar adelante: tributaria, de seguridad, ajustes institucionales heredados del gobierno Petro. Una cosa es tener los votos para presidir el Senado; otra, muy distinta, es sostener disciplina de bancada durante dos años de legislatura con partidos que no comparten ni electorado ni doctrina.
El propio proceso deja pistas de por qué esta mayoría es frágil por diseño. El respaldo de varios partidos llegó después de gestos explícitos del gobierno entrante: el ministro del Interior designado, Rodrigo Lara, calificó de "impensable" que el Centro Democrático terminara aliado con el Pacto Histórico para bloquear al candidato de De la Espriella, y celebró con "buenos ojos" la postulación de Deluque. Ese lenguaje (más de negociación política que de convicción programática) es el mismo que anticipa el clásico cuoteo burocrático: ministerios, direcciones regionales y curules en comisión a cambio de votos en la mesa directiva.
El problema de fondo es que una mayoría construida así no resuelve la gobernabilidad del Ejecutivo; solo la aplaza. En cuanto los costos políticos de una reforma impopular superen los beneficios de mantenerse en la coalición, partidos como Alianza Verde o incluso el propio Partido Conservador pueden desmarcarse sin que eso implique romper con el gobierno de manera frontal. Es una mayoría de conveniencia, no de convicción, y las mayorías de conveniencia se cobran su precio precisamente cuando el gobierno más las necesita: en los debates difíciles.
El otro flanco a vigilar es el uribismo. Que el Centro Democrático quede fuera de la mesa directiva del Senado no significa que quede fuera del juego legislativo. Un partido con bancada relevante y con un liderazgo tan combativo como el de Uribe puede convertirse en la oposición más ruidosa (y más eficaz) dentro de una coalición de gobierno. Eso deja a De la Espriella en una posición peculiar: gobernando con una mayoría amplia mas no homogénea, y con un Centro Democrático que se declara aliado de principios pero que ya mostró, desde la propia disputa por la presidencia del Senado, que no está dispuesto a ceder sin pelear.
Deluque llegará previsiblemente a la presidencia del Senado el 20 de julio con una votación holgada. Pero la verdadera prueba de esa mayoría no se dará en la instalación del Congreso, sino en los primeros meses de trámite legislativo, cuando el gobierno de De la Espriella tenga que traducir votos de mesa directiva en votos de articulado. Si esa coalición demuestra que puede sostenerse más allá del reparto inicial de posiciones, el Ejecutivo tendrá un Congreso funcional. Si se trata, como todo indica, de una alianza cosida con cuoteo y urgencia electoral, el riesgo no es perder la presidencia del Senado (eso ya está resuelto) sino gobernar con una mayoría que se derrite proyecto por proyecto, máxime si el gobierno plantea reformas estructurales cruciales como la de justicia y otras que requieren leyes estatutarias que requieren mayoría absoluta para su aprobación.




Comentarios
Publicar un comentario