
Por: José Velásquez
El nuevo Congreso de la República se instaló este lunes con una sorpresa que, más que anecdótica, funciona como termómetro político para el gobierno que aún no se posesiona. En una votación reñida, el senador uribista Honorio Henríquez se impuso con 56 votos frente a los 45 de Alfredo Deluque, el candidato que contaba con el respaldo explícito del entorno de Abelardo De la Espriella, para hacerse con la presidencia del Senado durante el primer año del periodo legislativo 2026-2030.
Sobre el papel, la aritmética favorecía al senador Alfredo Deluque del Partido de la U, quién llegaba a la plenaria con el respaldo de una coalición amplia (liberales, conservadores, Cambio Radical, Alianza Verde y Salvación Nacional) que en teoría le garantizaba los votos necesarios. Henríquez, en cambio, dependía casi en solitario de la bancada del Centro Democrático.
Lo que cambió el resultado fue un actor que pocos esperaban en esa ecuación: el Pacto Histórico. La decisión de la bancada petrista de sumar sus votos a Henríquez (tras abstenerse de postular candidato propio) terminó siendo determinante. Es una paradoja política notable: el uribismo, la colectividad más beligerante durante el gobierno de Gustavo Petro, llega a la presidencia del Senado gracias a los votos del petrismo, mientras que el proyecto que sí construyó el gobierno entrante queda por fuera de la mesa directiva.
El presidente electo no se ha posesionado (lo hará el próximo 7 de agosto) y ya enfrenta su primera derrota legislativa, representado un verdadero revés. La presidencia del Senado no es un cargo protocolario: define la agenda, el trámite de los proyectos y buena parte del pulso político con el que arrancará cualquier gobierno. Perder esa carta antes incluso de instalarse revela una fragilidad temprana en la construcción de mayorías propias, algo que contrasta con lo ocurrido en la Cámara de Representantes, donde Nicolás Barguil, del Partido Conservador, sí ganó con una votación contundente de 180 votos, en línea con los acuerdos políticos que respaldan al nuevo gobierno.
La lectura de fondo es clara: en el Senado, la coalición que se suponía debía sostener al gobierno entrante no logró cerrar filas, y un actor externo (el Pacto Histórico) terminó inclinando la balanza. Eso deja al gobierno de De la Espriella con una correlación de fuerzas más incierta de la que sus propios cálculos anticipaban.
Henríquez ha insistido en que no es "enemigo" del nuevo gobierno y que dará garantías a todas las bancadas, un mensaje conciliador que busca descomprimir la lectura de ruptura. Pero el episodio deja una lección ineludible para el Ejecutivo entrante: gobernar con una correlación de fuerzas fragmentada exige tejer acuerdos reales, no solo contar cabezas por anticipado.
Este primer tropiezo legislativo obliga a De la Espriella a repensar su estrategia de relacionamiento con el Congreso antes incluso de asumir el poder. La pregunta que queda abierta (y que probablemente marcará las primeras semanas del nuevo gobierno) es si este episodio fue un hecho aislado producto de cálculos políticos coyunturales, o el primer síntoma de una gobernabilidad que nace, desde el Senado, en minoría.
Definitivamente De la Espriella tendrá que moderar el tono y lograr consensos en la cámara alta, ante esta primera derrota en el legislativo, su mayorías electorales en las presidenciales no le garantizaron respaldo real en el congreso.



Comentarios
Publicar un comentario